El advenimiento de una presencia en el templo colonial
En las tierras de Nicoya, donde las tardes huelen a polvo tibio y el sol desciende con una lentitud casi ceremonial, la iglesia colonial se levanta como una guardiana silente.
Sus paredes blancas han sido testigos de la sucesión metódica de generaciones, procesiones y tempestades. Sin embargo, tras esa fachada de quietud eclesiástica, subyace un misterio que desafía el razonamiento materialista: la historia de Mateo, el niño que decidió habitar las alturas.
Mateo no era un joven común en la estructura de aquel pueblo antiguo. Su naturaleza espiritual estaba marcada por una inquietud que excedía las normas de su tiempo. Mientras su madre, doña Remigia, se entregaba a las labores de limpieza, Mateo se dedicaba a investigar los rincones del templo. Sus preguntas no eran simples ocurrencias infantiles, sino intentos por comprender el funcionamiento de la fe y la jerarquía de lo sagrado.
—“¿Y por qué las campanas suenan tan fuerte?”, preguntaba Mateo con una visión que buscaba validar su existencia frente a lo eterno.
—“¿Y si la torre está tan arriba, quién la cuida?” —“¿Y si Dios me escucha si toco la campana?”
Doña Remigia, agotada por el trabajo y por la vida misma, solía responder con un suspiro:
—“Ya vas a ver”, una frase que parecía abrirle permiso al mundo para mostrarse ante el niño.
El destino de aquella unidad familiar experimentó un impacto irreversible un domingo de junio. El padre José había salido a visitar a un enfermo, dejando la iglesia en una calma absoluta.
Mateo jugaba con su trompo cerca de las bancas, un objeto que en su movimiento circular parecía imitar el ritmo del tiempo mismo. De pronto, un sonido suave proveniente de la torre detuvo su juego. Mateo miró hacia arriba y sintió que la torre lo desafiaba. La cuerda de la campana se movía sola, como si una mano invisible lo invitara a un espacio prohibido.
Mientras su madre fregaba el piso, Mateo se escabulló hacia la escalera de caracol. Nadie percibió su ascenso metódico por los peldaños de madera vieja, pero el pueblo entero registró el resultado. Una campanada larga y desgarradora rompió la armonía del mediodía, seguida de otras dos que resonaron con una fuerza que no correspondía a los brazos de un niño.
Cuando Remigia alcanzó la cima de la torre, solo halló la cuerda oscilando en un vacío absoluto. Mateo se había desvanecido. No había rastro de lucha, ni huellas, ni una explicación que el razonamiento lógico pudiera procesar.
La búsqueda metódica que siguió durante semanas solo confirmó una ausencia que terminó por integrar la sombra del niño al paisaje de Nicoya. El padre José, en un intento por contener lo que no comprendía, ordenó cerrar el campanario con un candado pesado. Pero las historias que se intentan ocultar suelen reclamar su presencia.
Un año después, exactamente el mismo domingo de junio, la campana volvió a sonar a medianoche. Tres repiques exactos que dejaron al pueblo sumido en un descubrimiento inquietante: Mateo seguía allí, pero ya no pertenecía al mundo de la carne.
A partir de entonces, el repique se volvió una constante. Se hablaba de una figura pequeña vista en lo alto de la torre, un niño con camisa blanca y ojos que conservaban el brillo de un descubrimiento antiguo. En los años cincuenta, un sacristán de visión curtida tuvo el privilegio de confrontar esta unidad energética. Una noche, mientras revisaba los candados, vio al niño deslizándose por las vigas, liviano como un suspiro.
—“¿Qué querés?”, le preguntó el hombre con una voz que revelaba el impacto de lo sobrenatural.
—“Jugar”, respondió el niño, con una voz que parecía provenir de una dimensión donde el tiempo no corre de forma lineal.
—“¿Y tu mamá?” —“La busco”, contestó él, antes de disolverse en una ráfaga de viento gélido.
El hombre renunció esa misma semana, comprendiendo que no se puede convivir con una memoria que se niega a ser silenciada. Con el paso de las décadas, la leyenda de Mateo se integró en la cultura de Nicoya. Se decía que el niño no había muerto, sino que había quedado atrapado entre los muros, suspendido entre la inocencia y la eternidad.
Lo más inquietante era que los repiques solían anteceder a momentos de crisis en la comunidad: tormentas, accidentes o transiciones vitales. Mateo se había convertido en un funcionario del equilibrio, avisando al pueblo desde las alturas.
Las generaciones más recientes, equipadas con una visión tecnológica, han intentado capturar la presencia de Mateo. Pero los viejos advierten con una seriedad que corta el aire:
—“Al Niño del Campanario no se le llama; él aparece cuando su propia voluntad lo determina”.
Hoy en día, si alguien camina frente a la iglesia de Nicoya en una noche sin luna, todavía puede percibir los pasos pequeños en el interior de la estructura. El tintineo suave de la campana sigue siendo un recordatorio de que la historia de Mateo late en los rincones donde el tiempo decide quedarse. El niño sigue allí, esperando, jugando con el ritmo de los siglos y tocando la campana para que nadie olvide lo que una vez ocurrió. Porque en los pueblos antiguos, la memoria no es algo que se guarda en los libros, sino algo que permanece en el aire, recordándonos que todo acto tiene un impacto trascendental y que la inocencia, cuando se encuentra con lo sagrado, puede alcanzar una permanencia definitiva.


